Por El Pequeño Cronista | Agencia MANL
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Lo ocurrido en Uruapan, con el alcalde de Uruapan, Michoacán, Carlos Manzo Rodríguez, no es un hecho aislado ni fortuito. Es el cobro de la factura morenista, resultado de una herencia política que proviene directamente de Andrés Manuel López Obrador y su famosa frase: «abrazos, no balas». Una política que, lejos de pacificar el país, sembró las raíces de la impunidad que hoy domina gran parte del territorio nacional.
Contrario a las expectativas de millones de votantes que confiaban en la Cuarta Transformación para erradicar la corrupción y castigar a los delincuentes —tanto de cuello blanco como del crimen organizado—, el primer sexenio de López Obrador marcó el inicio de una nueva etapa de criminalidad institucionalizada. Desde entonces, la impunidad ha crecido dentro y fuera de los gobiernos municipales.
Morena abrió sus puertas a figuras recicladas del PRI, a quienes habían sido ignorados por ese viejo partido y a los expulsados de la izquierda tradicional. En ese proceso, absorbió a los sectores más deteriorados del sistema político mexicano, consolidando una mezcla donde la corrupción, la improvisación y la lealtad ciega priman sobre la capacidad.
El caso de Carlos Manzo Rodríguez, exalcalde morenista de Uruapan, ilustra crudamente el colapso del poder local en Michoacán, un estado donde el crimen organizado y la debilidad institucional coexisten a plena luz del día. La inseguridad ha alcanzado niveles alarmantes mientras las autoridades, estatales y federales, guardan silencio o declaran que se extralimitan en sus funciones.
Las buenas intenciones del Palacio Nacional son de poca utilidad si, en los municipios, el poder se ejerce mediante el miedo y la corrupción sigue siendo la norma. Personajes vinculados al lopezobradorismo, como Adán Augusto López Hernández, cuya sombra persiste a pesar de las acusaciones de supuestos vínculos con el grupo criminal La Barredora en Tabasco, tampoco ayudan.
El caso de Uruapan deja un mensaje doloroso y contundente: la impunidad sigue imperando. Ni abrazos, ni disparos… solo indiferencia. Mientras tanto, la esperanza del cambio prometido parece haber sido secuestrada junto con los ideales que alguna vez alimentaron la ilusión de un México diferente.
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